Personajes Principales:

17 de marzo de 2011

Capítulo 14: Rojo pálido.

Dejo el antepenúltimo capítulo.

Después de ir postrada en brazos de un desconocido, este me bajó con delicadeza. Me quedé parada, mis músculos se resistían a moverse un palmo.
– Abre los ojos – me dijo la voz de Gabriel. Me negué a hacerlo instantáneamente, pues no había reconocido ni su aroma ni su contacto. Después de que el esperó paciente, me animé a hacerlo.
– No pensé que fueras tu – confesé volviéndome hacia el, ahogando una expresión de asombro.

Estábamos en una especie de colina y Gabriel estaba impecable, tenía el cabello más corto y un traje negro en cuello mao, que realzaba su palidez y sus rasgos hoscos, que a mi parecer eran muy bellos. Tras de sí, había una mesa con mantel blanco, sobre ella, una botella dejaba entrever su contenido transparente. En una mano sostenía una copa con un líquido burbujeante, en la otra, un vestido rojo pálido.

– Es tuyo – Gabriel me ofreció el vestido.
– ¿Qué pretendes? – estaba muy emocionada, pero creía que lo de nosotros era imposible. Se acercó a mí con paso seguro.
– Póntelo – susurró en mi oído.
– Pero... – me contuve.
– Por favor – pidió señalándome un vestidor improvisado, en el que no había reparado.

Sin pronunciar nada más, fui hasta el vestidor, en el que me esperaba un espejo que me devolvía la imagen desde mi cintura hacia arriba. Me acerqué extrañada, tenía unas ojeras pronunciadas, que revelaban un poco de mi cansancio físico y emocional, con rapidez me despojé del pantalón y la playera, miré mi ropa interior en el espejo y me avergoncé, puesto que se parecía a la de mi abuela, aunque era cierto que en aquel campamento, no había tiempo para lujos ni vanidades, bueno, hasta ese momento.

Sin rechistar, me puse aquel vestido que no lograba concebir como algo que Gabriel hubiera elegido para mí, quizá había mandado a alguien o ya lo tenían allí, eso debía ser. Terminé de acomodarlo sobre mi cuerpo y me miré una vez más: el rojo, aunque fuera pálido, contrastaba notablemente con mi propia palidez, nunca me había quejado del color de mi piel, pero en ese momento parecía la luna con figura de mujer, enfundada en un largo vestido, de un solo tirante y abertura para la pierna derecha. Bajé la cabeza y me percaté de los botines horribles que portaba. No lo pensé mucho, me despojé de ellos. Salí pronto, con mis pies desnudos y con una gran incertidumbre.

Gabriel seguía parado a un costado de aquella mesa, sólo que veía hacia las estrellas, cuando estuve a poca distancia carraspeé un poco y el se giró, dedicándome una sonrisa.
– Siéntate – tomó una de las sillas y la trajo hacia él, para que pudiera sentarme. Acepté su invitación, el se sentó después de mí, haciéndome frente. La preocupación provocó, que mi corazón de latidos irregulares, se acelerara.

– ¿Por qué estás haciendo esto? – pregunte sin un ápice de impaciencia.
– Porque así lo quiero – su tono no me gusto, a veces podía resultar posesivo.
– Necesito decir algo antes de lo que tengas en mente – advertí.
– ¿En serio? – cuestionó levantando las cejas.
– Alexander me contó lo que tío Ovidio te hizo. Deduzco que esto es parte de tu venganza – le hice saber que no le dejaría hacerme daño.

No me alegra que lo sepas, pero temo decirte que te equivocas, hace mucho que Ovidio pagó por eso – parecía sincero.
– ¿Y entonces? ¿Por qué un día me evades y otro tienes este tipo de detalles? – le recriminé.
– Porque quiero – repitió sin ser grosero.
– ¿Por qué? – le insté.
– Porque te quiero – manifestó, y la barrera que había estado construyendo alrededor de mi corazón, se derrumbó.
– Yo también – respondí con inmediatez.
– ¿Desde cuando? – preguntó.
– No lo sé – contesté con cautela – ¿Y tú? – quise saber.
– La atracción, desde que te vi, en aquel acantilado. El querer, desde que me besaste – mis ojos no podían huir de su mirada iluminada.
– ¿Entonces porqué debo anunciarle a Adara y a Orestes que nos uniremos? ¿Por qué si Alex me dijo que ellos no son mis padres y no quieres una venganza en sí? – planteé exasperada.

– Porque sé que no será fácil que salgamos de ahí, porque necesitamos una excusa para entrar el domingo, porque quiero terminar con Oralia, porque no sólo quiero que finjamos nuestra unión, sino porque en realidad lo deseo, y aunque no son tus padres, sé que Orestes y Adara aún son importantes para ti – suspiró, y mirándome fijamente prosiguió – Porque cuando terminé todo, espero que recuperemos a los chicos y porque espero que tu quieras venir conmigo, porque después de lo que pase en Bristol he de darte tu libertad y tu decidirás que es lo que quieres y si me quieres a mí – esta vez no me cabía duda, estaba diciendo la verdad.

– Entonces, debo confesarte que en un principio mi intención era ganarme tu confianza y huir de aquí – dije luchando para que no existiera más barreras entre nosotros.
– Lo sé – lo miré con suspicacia.
– ¿Y pensabas detenerme? – pregunté con curiosidad.
No, aún no sentía lo que hoy siento por ti, cuando me di cuenta de ello tu eras la que ya no querías irte – aseguró. Sonreí y pronto recuperó el hilo de sus palabras. – Y porque no necesitamos demostrarle nada a nadie, quiero que nuestra unión se dé ahora mismo, y entonces sólo tendrás que anunciar algo que ya ocurrió – propuso.

– No se como hacerlo – dije refiriéndome a la unión.
– Sólo debemos compartir nuestra sangre – dijo llanamente, acercándose a mi desde el otro extremo de la mesa – Ven – me ofreció su mano y me levantó con facilidad de aquella silla.

Cuando estuvimos a un costado de la mesa, parecía nervioso.
– ¿Qué tengo que hacer? – me intrigué.
– No, como es tradición, la unión comienza con la declaración de los sentimientos por parte de uno de los amantes, no quiero presionarte, así que comenzaré yo – me hizo reír, su fanfarronería nunca la dejaría. Sacó del bolsillo frontal del saco, extrajo una nota doblada y muy arrugada.

Yo, Gabriel Burdock, deseó unirme a ti, por toda la eternidad o al menos, hasta que quieras abandonarme – volví a reír cuando leyó esa línea, sólo que esta vez de nervios – porque en ti encontré lo que nunca había buscado, algo que la vida me preparó cuando yo más quise evitarlo. – continuó sin hacer uso de su nota – Porque el destino me obligo a mirarte y yo decidí no apartar mis ojos de los tuyos, porque deseo que nuestros corazones tengan el mismo ritmo al latir y que encuentre tu beso a cada atardecer, y si es posible cada dos segundos – mi risa volvió a surgir y supe que no quería más explicaciones.

– ¿Usted cree que es gracioso? o ¿cree que ella va a aceptar? – Gabriel cuestionó con gracia. Aventé mi cuerpo hacia el y besé sus labios con impaciencia.
– Creo que debo responder a eso, pero no tengo palabras tan buenas como las tuyas, tan sólo un enorme sí para unirme a ti – Gabriel sonrió y grabé ese gesto dentro de mi pecho, que no paraba de agitarse por la emoción.

Así, acortó nuestra distancia aún más, rodeó mi cintura con sus brazos y colocó su boca en mi cuello, sitio que besó con pasión y después mordió con suavidad. Cerré los ojos. Mi sangré fluía hacia el, un estremecimiento recorrió mi cuerpo, pero el me aferró con sus calidos brazos, sentía que mis fuerzas iban abandonándome, mi corazón detuvo con totalidad, su latir irregular; pronto, y aunque nunca había ocurrido, tenía la necesidad de seguir respirando, tuve que abrir la boca e intenté zafarme de Gabriel, mis ojos se abrieron irremediablemente y Gabriel me miraba con preocupación, mientras retiraba sus colmillos.

– Aquí – susurró al tomar mi cabeza entre sus manos, mis pocas fuerzas facilitaron moverme hacia su pecho, pero fue cuando caí en cuenta, que lo que intentaba señalarme era su cuello. Dentro de mi desesperación, pegué los labios en su cuello, su pecho pegado al mío, revelaba que su corazón trabajaba a mil por hora. No pude resistirlo, le clavé mis colmillos y sorbí, lo rodeé con mis brazos fuertemente, al momento que ya me sentía parte de el. Mi corazón seguía sin latir y pronto el de él lo hizo también. Me separó con delicadeza y un sentimiento de angustia me invadió.

Nos miramos, nuestros corazones inamovibles se estrujaron, después se expandieron causándonos un episodio de dolor intenso y de nueva cuenta comenzaron a latir, tal y como había dicho Gabriel, para ese momento tenían el mismo ritmo y la misma intensidad.

Gabriel besó mis labios y aun entre sus brazos me llevó junto a esa mesa, me sostuvo con la mano izquierda y con la derecha jalo el mantel y lo extendió en el césped. Me apoyó sobre la superficie blanca y se quedo junto a mí, recargando su cabeza en mí estomago, estábamos impacientes por lo que acababa de ocurrir y de alguna manera entendíamos que había sido real.

– Si llegaran a tomar toda tu sangre, necesitarías tomar la mía para seguir viviendo – me instruyó.
– Nunca me lo permitiría – reprendí. Gabriel se puso sobre mí, rodeó mi cuello con una mano, mientras que la otra iba explorando bajo el vestido, acarició mi muslo, yo lo miré intensamente y el me devolvió la mirada.
– Te amo – declaró. Besó mis labios con ternura y su sonrisa me llegó al alma. Sonrisa que desapareció entre la noche oscura, al igual que aquel fino vestido.

2 Comments:

  1. Patricia :D said...
    Oy ME ENCANTA! Qué dulce ha sido! No me lo esperaba para nada :D
    Puf un capítulo más y acabamos :( jope, no quiero que se acabe!jaja

    En fin niña, publia prnto okey?
    Un besazo!(L
    Humberto Dib said...
    Hola, llegué hasta aquí a través de otro blog amigo, realmente me gustó mucho, voy a quedarme como seguidor.
    Algunos pueden quejarse de que utilizo un discurso parecido en cada blog, pero, con sinceridad, cuando estoy de recorrida de blogs, se me hace difícil inventar una presentación personal para cada uno. Te aseguro que leo cada uno de los blogs a los que entro, queda a tu criterio considerar si es cierto o no.
    Sea como fuere, si tienes ganas, te invito a pasar por mi espacio.
    Un saludo desde Argentina.
    Humberto.

    www.humbertodib.blogspot.com

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Hecha por mi amiga Giuli de Hollywood-Editions.